Su contorno es amplio, expansivo y simétrico en la parte superior, con una ligera apertura hacia los laterales que recuerda una estructura alada o ramificada. Predomina una paleta de tonos naturales: beiges, crudos y matices terrosos.
La superficie está compuesta por distintos materiales y técnicas textiles combinadas:
Regiones de fibras largas y sueltas que cuelgan hacia abajo y a los laterales, generando volumen y una textura similar al pelaje o a mechones de fibra vegetal.
Zonas de tela tejida o trenzada que forman líneas onduladas, contorneando la pieza y estructurándola visualmente.
Secciones centrales con tejido más compacto, posiblemente de malla o punto, que funcionan como soporte y núcleo de la composición.
El borde de la obra se expande en diferentes direcciones, sin ángulos rígidos ni líneas rectas, lo que refuerza la lectura orgánica y fluida del conjunto. La parte inferior culmina en una caída de flecos largos que aportan verticalidad y dan cierre visual a la forma.
La iluminación frontal suave acentúa las texturas del material, especialmente en las áreas con fibras densas, donde la sombra ayuda a definir el relieve. El entorno expositivo es neutro, permitiendo que las variaciones de textura y materialidad sean el foco principal de la obra.
En Mimesis, la artista convoca la memoria de los cuerpos que se ocultan para sobrevivir.
Esta obra textil se abre en el muro como una presencia que intenta confundirse con su entorno y, al mismo tiempo, destacar dentro de él. Es una piel expandida, un contorno que se despliega como si aún estuviera en proceso de definición.
La pieza combina fibras largas, tejidos compactos y líneas que delimitan y conectan zonas diversas. Hay un equilibrio entre la estructura y el desborde: lo que se ordena en el centro se vuelve salvaje en los extremos. Así, la obra oscila entre la protección y la exposición, entre el camuflaje y el despliegue.
Mimesis evoca aquello que imita para pertenecer, pero también aquello que transforma para existir de manera singular. Las texturas que cubren su superficie —suaves, densas, rugosas— componen un lenguaje táctil que invita a imaginar un organismo que se adapta, que observa, que respira.
Al extenderse como si tuviera alas, la pieza parece intentar un gesto de fuga: despegarse del muro, romper la quietud. Su materialidad natural conecta con lo vivo, mientras que su forma híbrida la acerca a lo imaginario. La obra se convierte así en una frontera donde se negocia la identidad: ¿hasta dónde debemos parecernos para ser aceptados?, ¿hasta dónde podemos diferenciarnos para seguir siendo?
Aquí, la mimetización no es desaparición, es estrategia.
Una forma de seguir estando, sin renunciar al deseo de transformarse.