La obra se presenta como una pieza textil de contorno orgánico, instalada sobre un muro blanco. Su silueta es irregular y asimétrica, compuesta por múltiples secciones que se ensamblan de manera fluida sin líneas rectas ni ángulos marcados. La paleta cromática se mantiene dentro de los tonos neutros: blancos, cremas, beige y algunos matices más oscuros en áreas localizadas.
El conjunto está conformado por distintos tipos de tejidos y texturas que se articulan entre sí mediante uniones perceptibles. Hay zonas con mayor densidad, elaboradas con técnicas de relieve volumétrico —como nudos, bucles y tramas apretadas— mientras que otras partes presentan superficies planas y más lisas. Algunas áreas exhiben patrones repetitivos y otras muestran un diseño más libre e irregular.
En el sector central se destacan dos grandes bloques ovalados y suaves que contrastan con regiones superiores más complejas y de mayor profundidad visual. La parte inferior contiene formas más pequeñas e irregulares que generan un cierre visual hacia ese extremo. Las transiciones entre cada sección se realizan a través de bordes sinuosos y continuos.
La iluminación blanca y homogénea resalta las diferencias de relieve, proyectando sombras sutiles que ayudan a leer el volumen y la composición estratificada. No se observan elementos adicionales ni marco visible alrededor de la obra, lo que hace que el objeto se perciba como una extensión directa de la pared.
Corazón se organiza como un territorio hecho de capas: una geografía textil donde cada fragmento se enlaza con otro para construir una memoria compartida. La obra se expande en el muro como un cuerpo poroso, sin bordes definidos, como si su forma pudiera seguir creciendo más allá de lo visible.
La artista reúne distintas técnicas y texturas, convirtiendo la superficie en un mapa táctil. En algunos sectores, la materia se acumula con densidad, como si guardara un pulso interno; en otros se vuelve más plana y permeable, permitiendo que el aire y la luz atraviesen el volumen. Ese equilibrio entre lo compacto y lo abierto crea un ritmo visual que
recuerda la respiración: expansión y contracción, presencia y pausa.
La monocromía en tonos neutros no busca neutralizar la obra, sino intensificar la lectura de sus relieves, revelando las huellas del gesto manual —tejer, unir, tensar— que dan origen al conjunto. Corazón no es una representación figurativa del órgano vital, pero porta su energía: la sensación de que algo late dentro de sus pliegues, que algo se sostiene gracias a la unión de cada una de sus partes.
Aquí, el corazón no es símbolo del sentimiento, sino una estructura de supervivencia: un tejido que se repara a sí mismo, que se recompone, que insiste en estar vivo.