La obra consiste en una composición textil montada sobre un soporte rectangular rígido, de orientación vertical y color crema uniforme. El conjunto se organiza en torno a un eje central simétrico, lo que otorga equilibrio y estabilidad visual.
El elemento principal está formado por diversos tipos de tejido y fibras en tonos blancos y beiges. En la parte central se observa una zona de tejido más denso, con hilos tensados y un patrón trenzado o entramado que genera pequeñas líneas horizontales regulares. Esta sección funciona como núcleo estructural de la pieza.
A partir del centro, se despliegan capas de tela arrugada que se extienden hacia los laterales con bordes irregulares. Estas capas presentan variaciones de grosor y pliegues suaves que crean volumen y contraste táctil con el soporte plano de fondo.
En la parte superior, algunos pliegues generan formas onduladas que se elevan ligeramente, mientras que en la zona inferior, un grupo de fibras extendidas forma un abanico o fleco abierto, remarcando el eje vertical y actuando como punto visual de cierre.
Los materiales usados comparten una paleta cromática homogénea en tonos neutros, lo que permite destacar el trabajo del relieve y de las texturas. La iluminación proyecta sombras sutiles que acentúan los contornos y la presencia física de los volúmenes sobre la superficie plana. El entorno de la obra es minimalista, sin elementos adicionales visibles que interfieran en su lectura formal.
Esta obra se ofrece como una superficie que no devuelve la imagen del espectador, sino aquello que la materia guarda en silencio. Espejo no refleja rostros, sino el rastro de los gestos: el tejido tensado, la fibra que se pliega, la tela que conserva la memoria de cada contacto.
En el centro, un eje firme sostiene la composición, como una columna vertebral que organiza todas las direcciones posibles. A partir de él, las capas textiles se despliegan moderadamente, revelando un ritmo propio: la expansión de lo blando dentro de un límite preciso. La simetría actúa como contención, un marco que mantiene el equilibrio entre orden y desborde.
El blanco y los beiges intensifican la lectura táctil del relieve. La obra parece emerger del soporte como si la superficie fuera incapaz de contenerla del todo. Los pliegues se abren hacia afuera en un gesto de respiración, mientras que las fibras inferiores se despliegan como si buscaran tocar el suelo, anclar el cuerpo que se afirma.
Este Espejo observa más que devuelve la mirada. Es un umbral textil: un espacio donde la materia se transforma en figura, donde lo íntimo se vuelve visible sin nombrarse, y donde el reflejo ya no depende de la imagen sino de la experiencia.
Frente a él, no vemos quiénes somos, sino cómo nos sostenemos.